jueves, 23 de febrero de 2012

Princesa.


La tarde se apodera del lugar. Oscurece. Tú y yo estamos juntas. Viendo el anochecer. Nos encontramos en una playa. Completamente solas. En nuestra playa. Sí, nos adueñamos de ella. Es nuestra. El sol brilla con intensidad antes de desvanacerse. Y solo se oye el movimiento monótono de las olas al chocar contra la orilla. Cada vez me cuesta más ver tu rostro. Pero me agrada el brillo de tus ojos. Me miras y una risa nos hace cómplices. Surge de nosotras el impulso de besarnos. Pero no reaccionamos. Nos remangamos los pantalones. Damos un agradable y corto paseo por la orilla. Me coges la mano. El agua está bastante fría. Pero no importa. Porque así puedo darme cuenta de que lo que en este momento estoy viviendo, es de verdad. De repente me sorprendo. Derepente me mojas al darle una patada a la suave marea que llega a la orilla. Yo no puedo evitarlo y continúo con tu juego. En unos pocos segundos, nos picamos. Y como era de esperar, terminamos empapadas. Vulnerables y felices. Me agarras con fuerza. Y me llevas hacía ti. Haciéndome perder el equilibrio. Y sin poder controlarlo acabamos las dos tumbadas en la arena. Una encima de la otra. Intento con todas mis fuerzas reprimir mis ganas de besarte. Pero me resulta casi imposible. Me gustas demasiado. Al final, no hace falta que controle tanto. Das tú ese primer paso. Maravilloso. El mejor beso a orillas del mar de toda la historia. Juntas, nos quedamos observando el mar. Escuchando el precioso sonido que producen las piedras al ser arrastradas en la orilla.


Lamentablemente, vuelvo a la realidad. Cuando un impulso hace que abra los ojos, me doy cuenta que ya no estás junto a mí. Me decepciono. Pienso que todo fue un sueño. Un sueño en el que todo era perfecto. Me levanto y miro por la ventana del hotel. Se ve la orilla de esa inmensa playa. Y allí estás. Sentada en la orilla. Con tu cámara, esperando al mejor momento del amanecer para sacar una foto. Fue real, pasó de verdad. No fue un sueño. Me visto con lo primero que encuentro en el pequeño armario a la izquierda de nuestra cama. Salgo corriendo de la habitación. Chocándome y pidiendo perdón a todo el mundo. He llegado al éxtasis. Me paro a unos pocos metros detrás de ti. Te das cuenta de que estoy ahí, observándote. Te giras y me sonríes. Haces un pequeño gesto con tu cabeza para pedirme que me acerque a ti. Me acerco y veo que escondes algo detrás de su espalda. Me enseñas la foto. Ya que llegué demasiado tarde para ver con mis propios ojos el amanecer. Me pides que cierre los ojos. Que extienda la mano. Me das un beso en el cachete. Y dejas sobre mi mano una piedra. Con una forma totalmente común. A simple vista no tiene nada de especial. Es una piedra. La miro, y no puedo evitar desconcertarme. Sonríes y me dices que le de la vuelta. Te hago caso. Y tiene escrito por detrás una fecha y un 'Te amo'. Sonrió y me besas. En ese momento aprovecha mi distracción con mi mirada clavada en sus ojos.  Agarra la piedra. Me la quita de la mano y sin pensarlo dos veces la lanza con todas sus fuerzas. Me quedé totalmente muerta. Era un detalle precioso. Me extraño, me enfado, no sé que siento realmente, pero tengo un cóctel sentimental en el estómago. Y antes de que pueda decirle nada, me pide un momento para explicármelo: 'Mientras esa piedra esté en el fondo del mar nada podrá con nuestro amor, nada ni nadie podrá separarnos, simplemente porque quedará guardada para siempre en el fondo de nuestros corazones'. No puedo resistir emocionarme. Sí, estoy llorando. De felicidad. Secas mis lágrimas. Me das un beso en la frente. Mis labios consiguen decir un suave y entrecortado 'te amo''. Me besas. Y ahí comienza nuestra historia.


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