lunes, 4 de marzo de 2013

Soñar, no siempre es bueno.


Un supermercado. Oscuro. Silencioso. Y tú, sola. Preguntándote donde ha ido todo el mundo, el porqué de ese vacío inexplicable. No se escucha absolutamente nada, ni a nadie. Empiezas a correr entre los pasillos, buscando a alguien, algún indicio de vida. Por cada pasillo que dejas atrás la soledad te va corrompiendo. El miedo va apoderándose de ti. Ya no buscas nada en concreto, sólo te limitas a correr. Tan ciega vas en tu desesperada huida que, en uno de los pasillos, pasas por alto a alguien. Te frenas unos metros más adelante y retrocedes. Allí está, al fin, has encontrado a alguien. Ya no estás sola. Una pequeña niña, llorando, es tú única compañía. Por el momento. Te fijas en su ropa. Lleva un vestido, exactamente igual a uno que tenías cuando pequeña.  Al principio no le das importancia, es pura casualidad, así que le coges de la mano, la intentas tranquilizar y empezáis a caminar. Al voltear el último pasillo del supermercado, todo cambia.
Os encontráis con un ascensor. Con catorce plantas a las que subir y ocho que poder bajar. Le das a la primera, que suba un piso, pero el ascensor sigue subiendo. Empiezas a tocar todos los botones para intentar pararlo, pero no se detiene. Pasáis la sexta planta, la séptima, la octava, la novena, hasta terminar en la número trece. Se abren las puertas y echáis a correr para salir lo antes posible de ese ascensor. Sólo que, no os habéis dado cuenta del aspecto que tiene esa planta. Estáis mirando cómo se cierran las puertas del ascensor. Lees el cartel promocional de una guitarra. Estás en la planta número trece, ‘Instrumentos y accesorios’. Te das media vuelta y encuentras el caos. Está todo absolutamente calcinado, rastro de un incendio incontrolable. Te asustas, y ves que la niña lo hace también e intentas tranquilizarla pero no sirve de nada, estás tú más asustada que ella.
De pronto, empieza a sonar una música. No dejáis nada atrás, y aparentemente no hay nada hacia adelante. No tenéis nada que perder. Empezáis a avanzar hacia la música. Un suave sonido, una dulce melodía. No reconoces de qué proviene, qué instrumento podría ser el que desprendiera tan bello sonido. Pero las notas, esa música, esa melodía, ya la has escuchado. Te es familiar. De repente, la música para de sonar. Las luces se apagan. La niña se abraza a ti tan fuerte que sientes su miedo, que se une al tuyo, a tu desesperación.  Te das la vuelta, miras atrás. No ves absolutamente nada. Tus ojos entran en otra dimensión. Tu cuerpo se estremece, tu corazón se acelera, tu respiración se entrecorta, empiezas a sudar frío, se te duermen las manos. El miedo está cada vez más dentro de ti. Coges a la niña en brazos, y empiezas a correr en todas las direcciones, buscando algo de luz, algún indicio de salida. Tropiezas con algo, y caes al suelo. Pierdes de vista a la niña. Miras a todos lados, solo ves un fondo negro. El silencio se apodera del lugar de nuevo. Te quedas en el suelo, acostada boca arriba. Sintiendo la fuerza con la que bombea tu corazón. Sólo escuchas tu respiración cada vez más fuerte. De repente, oyes gritar a la niña y te pones en pie. Se encienden las luces de golpe. Te molesta tanta claridad repentina y retiras tu mirada hacia el suelo. Te quedas aterrorizada. Está encharcado en sangre. Te das la vuelta lo más deprisa que puedes, y ahí está. La niña, clavada en la pared. Piensas que está muerta, pero no es así. Levanta la cabeza y estira su brazo para que le agarres la mano. Gritas, tu cuerpo entero se inmoviliza. Quieres echar a correr pero no puedes, tu cuerpo no responde. Estás acabada. Y lo sabes. El paso de una sombra te hace reaccionar.  Te das la vuelta y antes de que tu boca pueda articular cualquier palabra, un puñal atraviesa tu pecho.
Parece que todo ha acabado. Pero no es así. La historia se repite. Una y otra vez. Cada noche, con cada sueño. Y jamás te librarás de ello.
Recordando viejos tiempos me he dado cuenta de que nunca mereciste mi amor. Nunca debí dártelo, ni siquiera mostrártelo. Pero lo hice. Me enamoré de ti como una tonta y así acabé. Pero eso a ti te dió y te da igual, lo sé. Como todo en esta vida. Pero, ¿sabes qué? Un día te darás cuenta de lo que perdiste, de lo que dejaste pasar por tu inmadurez, de todas esas cosas que nunca vivirás. Y ahí será cuando te des cuenta del gran error que cometiste cuando me dijiste que ya no me querías.