Un supermercado. Oscuro.
Silencioso. Y tú, sola. Preguntándote donde ha ido todo el mundo, el porqué de
ese vacío inexplicable. No se
escucha absolutamente nada, ni a nadie. Empiezas a correr entre los pasillos,
buscando a alguien, algún indicio de vida. Por cada pasillo que dejas atrás la
soledad te va corrompiendo. El miedo va apoderándose de ti. Ya no buscas nada
en concreto, sólo te limitas a correr. Tan ciega vas en tu desesperada huida
que, en uno de los pasillos, pasas por alto a alguien. Te frenas unos metros
más adelante y retrocedes. Allí está, al fin, has encontrado a alguien. Ya no
estás sola. Una pequeña niña, llorando, es tú única compañía. Por el momento. Te
fijas en su ropa. Lleva un vestido, exactamente igual a uno que tenías cuando
pequeña. Al principio no le das
importancia, es pura casualidad, así que le coges de la mano, la intentas tranquilizar
y empezáis a caminar. Al voltear el último pasillo del supermercado, todo
cambia.
Os encontráis con un ascensor. Con
catorce plantas a las que subir y ocho que poder bajar. Le das a la primera,
que suba un piso, pero el ascensor sigue subiendo. Empiezas a tocar todos los botones
para intentar pararlo, pero no se detiene. Pasáis la sexta planta, la séptima,
la octava, la novena, hasta terminar en la número trece. Se abren las puertas y
echáis a correr para salir lo antes posible de ese ascensor. Sólo que, no os
habéis dado cuenta del aspecto que tiene esa planta. Estáis mirando cómo se cierran las puertas
del ascensor. Lees el cartel promocional de una guitarra. Estás en la planta
número trece, ‘Instrumentos y accesorios’. Te das media vuelta y
encuentras el caos. Está todo absolutamente calcinado, rastro de un incendio
incontrolable. Te asustas, y ves que la niña lo hace también e intentas
tranquilizarla pero no sirve de nada, estás tú más asustada que ella.
De pronto, empieza a sonar una
música. No dejáis nada atrás, y aparentemente no hay nada hacia adelante. No
tenéis nada que perder. Empezáis a avanzar hacia la música. Un suave sonido,
una dulce melodía. No reconoces de qué proviene, qué instrumento podría ser el
que desprendiera tan bello sonido. Pero
las notas, esa música, esa melodía, ya la has escuchado. Te es familiar. De
repente, la música para de sonar. Las luces se apagan. La niña se abraza a ti
tan fuerte que sientes su miedo, que se une al tuyo, a tu desesperación. Te das la vuelta, miras atrás. No ves
absolutamente nada. Tus ojos entran en otra dimensión. Tu cuerpo se estremece,
tu corazón se acelera, tu respiración se entrecorta, empiezas a sudar frío, se
te duermen las manos. El miedo está cada vez más dentro de ti. Coges a la niña
en brazos, y empiezas a correr en todas las direcciones, buscando algo de luz,
algún indicio de salida. Tropiezas
con algo, y caes al suelo. Pierdes de vista a la niña. Miras a todos lados,
solo ves un fondo negro. El silencio se apodera del lugar de nuevo. Te quedas en el suelo, acostada boca
arriba. Sintiendo la fuerza con la que bombea tu corazón. Sólo escuchas tu
respiración cada vez más fuerte. De
repente, oyes gritar a la niña y te pones en pie. Se encienden las luces de
golpe. Te molesta tanta claridad repentina y retiras tu mirada hacia el suelo.
Te quedas aterrorizada. Está encharcado en sangre. Te das la vuelta lo más
deprisa que puedes, y ahí está. La niña, clavada en la pared. Piensas que está muerta, pero no es
así. Levanta la cabeza y estira su brazo para que le agarres la mano. Gritas,
tu cuerpo entero se inmoviliza. Quieres echar a correr pero no puedes, tu
cuerpo no responde. Estás acabada. Y lo sabes. El paso de una sombra te hace
reaccionar. Te das la vuelta y antes de
que tu boca pueda articular cualquier palabra, un puñal atraviesa tu pecho.
Parece que todo ha acabado. Pero
no es así. La historia se repite. Una y otra vez. Cada noche, con cada sueño. Y
jamás te librarás de ello.
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