Por fin. Al final, llegó ese día. Ese tan temido día. Durante meses he estado con el corazón en un puño sabiendo que tarde o temprano, este día, iba a llegar. En el que los latidos de mi corazón se aceleraban y la respiración se cortaba. Te ibas. Definitivamente. Te ibas de mi lado. Mis saladas lágrimas se mezclaban con tus dulces labios. Una vez más. Y mi desesperación crecía cada vez más con tu rabia. En ese momento estuve más unida a ti que nunca. Podía sentir como algo dentro de mi se desgarraba. Sentía como mi corazón me dejaba poco a poco. Para irse con el tuyo. No pueden separarse. Están destinados a seguir unidos. Aunque tuve la esperanza, por unos segundos, de que me llevase a mi también contigo. No puedo separarme de ti.
¿Me crees ahora cuando te digo que nada ni nadie nos va a separar?
Tú eres quién me da la vida.
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